Detrás del descubrimiento de algunos extraños síndromes o trastornos neurológicos, que aún hoy se siguen investigando, se oculta en nombre de una científica francesa que a comienzos del siglo XX marcó un antes y un después en la ciencia de la neurología. Se trata de Gabrielle Charlotte Lévy, una de las primeras mujeres en dedicarse en Europa a una disciplina a la que había dado un gran impulso el español Santiago Ramón y Cajal, al que nunca conoció. Su prematura muerte, a los 48 años, precisamente de un mal cerebral, impidió que su legado fuera mayor, aunque es fundamental para la ciencia.
Lévy nació en París el 11 de enero de 1886 en una familia de clase media. Su padre, Emile Gustave Lévy, se dedicaba al sector textil y ella fue la única hija de la familia. Rodeada de varones, creció con una mente abierta que enseguida destacó por su curiosidad. Seguramente para sorpresa de su entorno, optó por estudiar medicina cuando casi ninguna mujer lo hacía y, en 1911, con 25 años, se matriculó como alumna externa en el Hospital de la Pitié-Salpêtrière, luego fue al de Niños Enfermos y más tarde al Hospital Beaujon. Un obituario publicado en el Journal of Nervous and Mental Disease a su muerte la describe ya entonces como una joven con “cualidades de intensa dedicación e inteligencia”.
Durante la Primera Guerra Mundial, Gabrielle aprovechó para estudiar las lesiones con las que llegaban los soldados del frente. Al término del conflicto, regresó al Salpêtrière, un periodo en el que firmó, con su colega y mentor Pierre Marie, su primer artículo científico sobre diez casos de trastornos del movimiento asociados con la encefalitis letárgica, la epidemia que hacía unos años se estaba extendiendo por Europa y de la que se sabía muy poco.
En Salpêtrière, conscientes de la capacidad de Lévy, enseguida la encargaron los trabajos de jefa del laboratorio de Marie, cargo que ocupó entre 1920 y 1922, y más tarde la nombraron asistente en el departamento de patología, donde estuvo hasta 1926. También empezó a trabajar como médica asociada en el Hospital Paul-Brousse, donde poco antes de su muerte fue nombrada facultativa de cabecera.
El misterio de las «estatuas vivientes»
En ese periodo de entreguerras, sus investigaciones fueron a más en el campo de la neurología, una ciencia que se consolidó en esa década como disciplina distinta a la psiquiatría gracias a nuevas tecnologías diagnósticas. Aquel primer trabajo sobre encefalitis letárgica, o epidémica, le marcó el camino, y durante años se centró en investigar las secuelas que quedaban tras superar una enfermedad que afectó esa década a millones de personas. Sus víctimas sufrían una inflamación en parte del cerebro y quedaban paralizadas o con rigidez muscular, por lo que se las llamaba ‘estatuas vivientes’. De hecho, aún hoy es un misterio por qué se extendió tanto; la hipótesis más aceptada es que se debió a un agente infeccioso que pudo confundir al sistema inmunológico.
El caso es que Gabrielle se volcó y publicó otros trece artículos sobre los síndromes postencefalíticos. Quería averiguar si años después de curadas, las personas tenían impactos. Estos trabajos culminaron en una tesis de 314 páginas, publicada en 1922 bajo el título de Contributions à l’étude des manifestations tardives de l’encéphalite épidémique (Contribuciones al estudio de las manifestaciones tardías de la encefalitis epidémica), trabajo que se convirtió en una referencia mundial en neurología. Para hacerla, utilizó el estudio personal de 129 casos que habían llegado al Salpêtrière, e incluía más de 700 referencias. El experto que se la revisó, Eduard Feindel, diría que era “rica en hechos e ideas originales”. De hecho, fue publicada en 1925 como libro para facilitar el acceso a otros colegas.
Más tarde, en 1926, comenzó a colaborar más estrechamente con su colega Gustav Roussy. Ese año, publicaron un trabajo en el que describían a siete pacientes con distasia arreflexiva hereditaria, lo que luego se conoció como síndrome de Roussy-Lévy, en honor a ambos. Se trata de un trastorno raro que provoca una pérdida progresiva de masa muscular, causado por una mutación en genes que codifican unas proteínas necesarias para enviar señales nerviosas del cerebro a los músculos. Como consecuencia, se pierde movilidad.
Además, como Roussy era sobre todo oncólogo, bajo su dirección Gabrielle escribió varias revisiones sobre neurooncología e incluso colaboró en el uso de la radioterapia para tumores cerebrales, algo pionero en esos momentos.
Tan volcada estuvo en su vida científica que la personal estaba en segundo plano. De hecho, al tener que elegir entre el matrimonio y su carrera –eran otros tiempos– optó por la segunda y rechazó la propuesta de boda de un oftalmólogo al que apreciaba. Roussy escribiría de ella que “las circunstancias hicieron de su trabajo, su investigación y el ejercicio de su profesión su razón de ser”. Según su compañero, en toda su obra está la huella de su personalidad: la observación rigurosa, la determinación para proseguir el análisis y la verificación repetida de cada lesión o síntoma que le parecía nuevo o raro. Su infinita curiosidad la hacía buscar el origen de cada uno hasta hallar una explicación racional. “Tenía la paciencia para comparar lo que veía con lo que otros habían observado antes y el gusto por debatir con sus oponentes la validez de sus afirmaciones, una dialéctica en la que sobresalía porque tenía una gran memoria y un perfecto conocimiento de idiomas extranjeros”, concluía su colega.
Y es que Roussy se quedó sin su valiosa colaboradora mucho antes de lo que esperaba. El 6 de octubre de 1934, cuando revisaba un nuevo artículo sobre el síndrome que había descubierto, con solo 48 años, la científica fallecía fruto de una enfermedad del sistema nervioso que ella misma se diagnosticó, y que no le impidió estar lúcida hasta el final de sus días. Su familia diría que había perdido la vida del mismo mal que estudió casi toda su corta vida, aunque en realidad no hay una certeza de que fuera así.
Sobre la autora
Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.
Publicado originalmente en Mujeres con Ciencia.



