Elizabeth Holloway Marston, la auténtica “Wonder Woman”

El pasado siglo hubo una mujer capaz de convertirse en auténtica superwoman de cómic y, además, ser parte de un invento que ha ayudado a resolver infinidad de crímenes. Se trata de Elisabeth Holloway Marston, una psicóloga y abogada que a mediados del siglo pasado no solo trabajó en el desarrollo del polígrafo, siendo una pionera de la psicofisiología al detectar señales físicas de un engaño, sino que además formó parte de las luchas feministas de su tiempo y vulneró en su vida privada las convenciones establecidas. Ella inspiró el personaje de Wonder Woman.

Sarah Elisabeth, que acabó prefiriendo su segundo nombre de pila, había nacido en la isla británica de Man en una familia muy clásica el 20 de febrero de 1893. Era hija de un empleado de banca y un ama de casa. Aún era niña cuando la pareja emigró a Boston (EE. UU.) en busca de un futuro. Su padre tan solo esperaba de ella que siguiera los pasos de su madre, pero ya desde pequeña mostraba una gran curiosidad por cuestiones tan poco habituales como el porqué del comportamiento humano. Aquel interés la llevó a matricularse, pese a la oposición paterna –que prefería que “usara delantales” a los libros– en la universidad femenina Mount Holyoke College, en Massachusetts, por entonces un foco de activismo sufragista. Allí se graduó en 1915 con un título en Psicología. En septiembre de ese año, se casó con William Moulton Marston, también graduado en Psicología, pero en Harvard, que era también un defensor del feminismo, algo excepcional en un varón de su tiempo.

William y Elizabeth Marston. Noblemania.

Como era de esperar, William la animó a seguir estudiando y ambos se matricularon en Derecho. A Elisabeth no la dejaron entrar en Harvard como a él por ser una mujer, pero lo hizo en la Universidad de Boston, donde se licenció en 1918. Para costearse sus estudios, vendía libros de cocina a domicilio. Al acabar ambos sus carreras, mientras él era contratado en la Escuela de Psicología Militar del Ejército, ella tuvo que volver a la venta ambulante. Más tarde, cuando su esposo inició su doctorado en Psicología en Harvard, la joven se unió al programa de postgrado de esa disciplina en la Universidad Radcliffe, que era mixta. Fue en esa época cuando empezaron a colaborar en el precursor de la prueba del polígrafo, aprovechando el laboratorio de Harvard.

Ciencia contra las mentiras

“Mi padre desarrolló la teoría de que podía hacerse una prueba de engaño basada en la presión arterial sistólica, pero fue tras una sugerencia de mi madre, quien le incitó a averiguar por qué cuando se enfadaba o se emocionaba, su presión arterial parecía subir”, explicaría después su hijo. Al final, con la ayuda de Elisabeth, hizo la tesis sobre este tema: los síntomas fisiológicos del engaño y otras emociones. Desde entonces, durante los siguientes 35 años, siguieron trabajando juntos, aunque en algunos círculos criticaban que ella se ocupara de asuntos poco adecuados “para una esposa o una madre”. De hecho, no tuvieron al primer hijo hasta los 35 años, algo muy inusual en las primeras décadas de siglo XX y, además, después continuó con su trabajo.

Su precursor del polígrafo tuvo un gran éxito; permitía evaluar el engaño con más fiabilidad que todas las pruebas subjetivas que se empleaban hasta entonces en los interrogatorios policiales. Eso sí, quien lo patentó a su nombre fue William, que durante la década de 1920 se dedicó a promover el nuevo dispositivo, mientras Elisabeth seguía trabajando en lo que encontraba (indexó documentos de congresos, impartía conferencias de ética y psicología, colaboraba en revistas o en la edición de la Enciclopedia Británica, etcétera). La pareja regresó a Boston cuando Marston obtuvo una cátedra adjunta en la Universidad de Tufts, en 1925, en parte por los trabajos hechos conjuntamente.

Fue ese año cuando su vida dio un vuelco. Marston se enamoró de su joven alumna Olive Byrne, de 22 años, y contra todo pronóstico los tres decidieron vivir juntos, un vínculo poliamoroso que permitió a Elisabeth continuar su carrera, dado que decidieron que fuera Olive quien se quedara en casa cuidando de los hijos (dos de cada una) mientras ella se centraba en su trabajo. Eso sí, era una relación que mantenían secreta, por temor al ostracismo social.

Tras breves periodos de trabajo como profesor en la Universidad de Columbia o consultor en Universal Studios de Los Ángeles, William se quedó sin trabajo, en plena Gran Depresión. Por fortuna, en 1933 Elizabeth consiguió un puesto de asistente del director ejecutivo de la compañía de seguros Metropolitan Life Insurance Company, que conservó hasta su jubilación. Ella se convirtió en el sostén de la familia. Para completar los ingresos familiares, Olive escribía para la revista Family Circle, donde en octubre de 1940 publicó un artículo sobre las reflexiones de William sobre los valores que transmitían los cómics. A raíz de aquello, el editor Max Gaines le contrató para que creara un personaje cuyos valores enfatizaran el amor y la honestidad, frente a la masculinidad y lo que William llamaba “fuerza bruta” de los héroes del momento, como Superman o Batman. «Bien, pero que sea una mujer», se rumorea que dijo Elisabeth cuando se enteró.

La «Wonder Woman» en escena

Introducing Wonder Woman.

El resultado fue, en 1941, la aparición de Wonder Woman, una superheroína que, precisamente tenía por arma un “Lazo de la Verdad” que, como el polígrafo, obligaba a decir la verdad a quien sujetaba. Fue todo un éxito, con tramas en las que se inspiraba en su esposa y en feministas como Margaret Sanger, capaces de superar las restricciones sociales, a la vez que animaba a las jóvenes a ser independientes. “Wonder Woman ha sido ese ‘alguien’ que por generaciones ha inspirado a las personas a dar lo mejor de sí mismas. Ha consolado y animado. Ha ayudado a las personas a esforzarse al máximo, a dar el paso al frente”, diría su nieta Christie Marston en 2017, en Hollywodd Reporter.

Comenzó entonces un periodo de prosperidad para la familia que se vio truncado cuando un vecino vio al trío practicando sexo en su casa y lo hizo público: los hijos comienzan a sufrir, hasta el punto que debieron dejar el colegio y Elisabeth obligó a Olive a abandonar el domicilio. Además, se inició una campaña contra Wonder Woman, acusando al cómic de promover conductas lésbicas o sadomasoquistas. Aquello incluso llegó a un tribunal dentro de una despiadada caza de brujas promovida, entre otros, por el psicólogo Fredric Wertham, que en su libro La seducción del inocente ponía el grito en el cielo por su “feminidad avanzada” y la acusaba de “corromper a las niñas”.

Fue por entonces cuando descubrieron de William tenía un cáncer avanzado, lo que dio pie a la reconciliación de la familia. Olive y Elisabeth seguirían viviendo juntas después de su fallecimiento, en 1947, durante otros 45 años, hasta que murió Olivie en 1990. Eso si: no pudieron seguir con Wonder Woman: la editorial contrató a nueva escritora que la convirtió en un personaje antifeminista y que eliminó sus superpoderes para convertirla en una simple espía. No los recuperaría hasta 1972, como se cuenta en la película “El profesor y las Wonder Woman”, dirigida en 2017 por Angela Robinson, tras una campaña mediática a favor del personaje original. A Elisabeth, que siguió trabajando en la aseguradora, no le gustaban esos cambios, pero sus hijos cuentan que decidió ser práctica y no discutir con el editor para seguir recibiendo unos derechos de autor que necesitaba. Y se alegró cuando la heroína recuperó su vida “aunque también pensaba que gritaba demasiado alto su feminismo”.

Elisabeth Holloway vivió hasta los 100 años. Murió el 27 de marzo de 1993 en Connecticut. Como homenaje a su memoria, en 2018, un asteroide recibió su nombre: el 101813 Elizabethmarston, a la vez que el dedicado a su compañera de vida, el asteroide 102234 Olivebyrne. Además, dejó varias obras académicas sobre psicología de sus primeros años y algunos relatos de ficción, como Gift-Horse (1922) y Chalk Marks on the Gate (1924).

Dicen que ella no se reconocía como la ‘superheroína’ que creó su marido, pero ¿habría habido Wonder Woman si no hubiera existido?

Referencias

Sobre la autora

Rosa M. Tristán es periodista especializada en la divulgación científica y ambiental desde hace más de 20 años. Colabora de forma habitual en diferentes medios de prensa y radio de difusión nacional.

Publicado en Vidas científicas