Beatriz González Artista
«Los muros están llenos de penes pero si pintas coños la gente se escandaliza»

Las calles, las noches, todavía no son nuestras y por eso seguimos profiriendo una y otra vez ese grito. La misma lógica androcéntrica convierte a los muros públicos en lienzos de ‘artísticos’ penes frente a una clamorosa ausencia de genitales femeninos. Alguien se percató una vez del detalle y trató de reivindicar el equilibrio. El resultado fue explosivo.

Le sucedió a Beatriz ‘Bea’ González, artista de Usánsolo, de 24 años, vegana y feminista, quien, a requerimiento a un grupo de mujeres local, pintó una extensa pared de simpáticas vulvas y las protestas le obligaron a modificar su obra.

“Llenamos una pared como de quince metros cuadrados de coños. Pintamos coños de todos los tamaños formas y colores, y la leyenda ‘Aluak? Bai, gureak asko esta askeak’; en castellano, ‘Estamos hasta el coño’. Pues con los penes no pasa nada, pero con esto hubo mucha controversia. Se quejaban de que era una guarrada. Los niños y niñas preguntaban si eran flores o tortugas, y algunos padres y madres les tapaban los ojos a las niñas. Se quejaron diciendo que la palabra coño era muy agresiva. Al final, cambiamos la ‘c’ de coño de la leyenda por una ‘m’, ‘Estamos hasta el moño”, relata.

«Se quejaron diciendo que la palabra coño era muy agresiva. Al final, cambiamos la ‘c’ de coño de la leyenda por una ‘m’»

El episodio movería a risa si no fuera porque se trata de una muestra más de violencia simbólica o invisibilización de las mujeres característica de los medios de comunicación y de expresión artística.

Este hecho y la correspondiente toma de conciencia fueron el bautismo feminista de Bea González, al que se unió otro acontecimiento significativo: la asistencia a una conferencia de Amelia Tiganus, activista, conferenciante y superviviente de las redes de trata, de la que salió llorando. Allí tuvo la oportunidad de conocerla personalmente y después la ha retratado junto a su familia rumana.

«Es mi pasión»

De todos modos, el feminismo era un espacio al que Bea estaba abocada a llegar antes o después, dados sus planteamientos vitales. Vegana, militante, ecologista, amante de la vida sencilla, fue “uniendo cabos con otras luchas y entendiendo la palabra interseccionalidad”. Poco a poco se ha ido apuntando a todo lo que la mantiene en su propósito de vida: “Dejar este mundo un poco mejor de lo que está”

Aunque suene a tópico —y lo es—, se puede decir que lleva el arte en sus venas. Le gusta dibujar desde pequeña y en el Bachillerato se le planteó el eterno dilema de seguir su vocación o inclinarse por alguna especialidad con más salidas laborales. Optó por lo primero, ya que “es la pasión que tengo dentro”. Después de terminar Bellas Artes, abrió un estudio con la ayuda de sus progenitores, al que bautizó como BEART.

Posteriormente se trasladó a Araba, donde vive con su novio en un pueblecito cercano a Gasteiz. Aquí está replanteándoselo todo: su visión del arte y su manera de relacionarse con el mundo. “Trato de buscar sentido en el arte, y de dedicarlo a las luchas sociales, a reflejar las desigualdades, a hacer reflexionar, no tanto a la copia, al realismo”, explica.

Una muestra de ello es el cuadro que acompaña a esta información y del que se siente muy satisfecha: la postura de la mujer, el hombre ‘contaminante’, las partículas de plástico… Al mismo tiempo, está repensando su vida y “deconstruyendo” su imagen física —se ha rapado el pelo— y su manera de actuar.

«Chatarrera total»

En lo que mantiene una continuidad es en el uso de los materiales. Se define como “chatarrera total”. Le gusta utilizar objetos de desecho y dar nueva vida a “algo que tiene su historia”. Estuvo un tiempo viviendo en Bilbao cerca una fábrica de madera abandonada donde siempre encontraba algo, maderas a las que aplicándoles una caya de yeso servían de soporte a sus obras.

Recurre al barro, la sangre que toma de la copa menstrual, la remolacha o la lombarda para extraer colores

Se sirve de todo tipo de componentes naturales y de desecho. Su pareja es tatuador y la tinta sobrante le sirve para imitar la acuarela. Recurre al barro, la sangre que toma de la copa menstrual, la remolacha o la lombarda para extraer colores.

Sólo acude a la tienda cuando tiene que pintar retratos. Los hace con todo tipo de materiales. Le gusta en particular idear historias gráficas. Que una persona le cuente su biografía y plasmarla en un dibujo. “Es como un superpoder”, bromea.

Ha participado en varias exposiciones individuales y colectivas, entre estas últimas en Getxoarte y en Sevilla. También ha pintado otros murales y recientemente ha ilustrado ‘El libro de las fabulaciones’, de Ignacio Aguirre.

En estos momentos se mantiene básicamente pintando murales y retratos, mientras prepara oposiciones a Educación ya que, aunque se conforma con “cosas simples”, es consciente de la dificultad de lograr ingresos estables con su trabajo artístico. “No es mi sueño vivir de la enseñanza, pero la vida de artista es muy precaria”, reconoce. Eso sí, espera que lo sólo sea de momento.